1968: europeos sin fronteras — José I. Suárez-Inclán Gómez-Acebo

El pasado día 7 de marzo la Comisión Europea volvía a mostrarse sorprendida con el país en cuya capital tiene su propia sede—Bélgica—debido a la prórroga del cierre de fronteras. El Comisario Europeo de Justicia, también valón de nacionalidad belga, Didier Reynders recordaba a sus compatriotas que : “La libertad de movimiento es una libertad fundamental. Seguiremos actuando para asegurar que las recomendaciones adoptadas por el Consejo son respetadas y se evitan prohibiciones de viaje”[1].

No hay que olvidar que el Tratado de Schengen, que permite la libre circulación de personas en las fronteras interiores de la Unión Europea desde 1995, sufre ahora mismo su tercera gran crisis de excepcionalidad (tras las revisiones temporales que ha sufrido con el terrorismo y la crisis migratoria) debido a la pandemia de la COVID19. Las razones por las que se han restablecido en muchos países las fronteras interiores son obvias, pero no por ello dejan de suscitarnos preguntas. De hecho nos mueven, especialmente a los historiadores, a volver la vista hacia el pasado. No resulta casual que en el último eurobarómetro realizado por el Parlamento Europeo sobre el futuro de Europa se muestre que seis de cada diez europeos están de acuerdo con que la crisis del Coronavirus les ha hecho reflexionar sobre el futuro de la Unión Europea[2]. Por tanto cabe preguntarse: ¿de dónde viene esta férrea defensa de la libertad de movimientos intraeuropeos? ¿Por qué existe tal temor dentro de la Unión Europea al más mínimo deterioro del Tratado de Schengen?

El sentimiento de pertenencia a Europa es tan complejo como el proceso de integración que se llevó a cabo el pasado siglo XX y que todavía continúa, no sin obstáculos y detractores. Pero considero importante para responder a nuestras preguntas el hacernos otra: ¿quién dirige actualmente la Unión Europea? Si se observan las más altas jerarquías institucionales de la Unión nos encontramos con una diversidad nacional, de género e ideológica, pero con un denominador común: son la generación del 68. O al menos la que lo vivió siendo joven, característica unificadora de este movimiento global que tambaleó al mundo y especialmente a Europa.

David-Maria Sassoli (presidente de Parlamento Europeo), Ursula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea), Christine Lagarde (presidenta del Banco Central Europeo), Klaus-Heiner Lehne (presidente del Tribunal de Cuentas Europeo), Josep Borrell (Presidente del Servicio Europeo de Acción Exterior), Werner Hoyer (Presidente del Banco Europeo de Inversiones), Emily O’Reilly (Defensora del Pueblo Europeo)o el ya mencionado Didier Reynders: todos ellos tenían entre 10 y 22 años cuando estalló el Mayo del 68 francés y se extendió por toda Europa, viviendo en su juventud las consecuencias (contra)culturales e ideológicas que marcaron los años posteriores.

Independientemente de su participación o de que estuvieran más o menos a favor del movimiento estudiantil, nadie de su edad pudo haber sido ajeno a este paradigmático hecho de ruptura generacional. Y tampoco a los logros posteriores, no siempre conscientes, que el movimiento alcanzó a pesar de su breve duración. Logros principalmente consuetudinarios y culturales [3],pero con un lógico reflejo posterior en la legislación y en las instituciones (como el divorcio o el aborto en algunos casos). Y uno de ellos está notablemente relacionado con la libre circulación de personas, institucionalizada con Schengen.

Prueba de ello es el discurso que el más célebre líder del 68, Daniel Cohn-Bendit, ofreció en la Eurocámara al despedirse de su puesto como eurodiputado del Partido Verde Europeo. El franco-alemán, que como tantos jóvenes sesentayochistas acabó siendo parte del sistema político que combatía en 1968 (no sin transformarlo por el camino) reflexionaba en 2014: “Yo nací en 1945. Fui concebido tras el desembarco de Normandía. Imaginad que aquel 4 de abril hubiera aparecido caminando y les hubiera dicho a mis padres: ‘En 50 años no habrá fronteras entre Francia y Alemania’. Me habrían dicho: ‘Este niño habla muy pronto y dice tonterías’. Pero esta es mi historia; y también la de toda Europa”[4].

Si bien Europa había estado acostumbrada durante toda su historia a periódicos conflictos fronterizos y entre países, esto cambia en 1968 cuando es una generación la que de forma transfronteriza se revela contra las imposiciones culturales de sus mayores, independientemente del tipo de régimen en el que vivieran (liberal-democrático y capitalista o comunista) y hallando desprevenida a la clase política de sus respectivos estados[5]. Esto empujó a numerosos jóvenes del movimiento estudiantil a cruzar las fronteras y viajar —durante el movimiento y en los años posteriores a este— recorriendo toda Europa. Y al hacerlo se toparon con las viejas fronteras, endurecidas por la desconfianza que existía en la época entre las autoridades ante todo joven como posible sospechoso de ser revoltoso, militante y subversivo. El propio Cohn-Bendit sufre la prohibición de volver a Francia durante un viaje a Alemania en pleno movimiento, cosa que no le impidió retornar de incógnito, aunque fuera expulsado más tarde del país del que perdió la nacionalidad.

El cine, como generador de relatos históricos, no ha sido ajeno y nos muestra este hecho en numerosas películas que tratan el 68 y sus reminiscencias en los años posteriores. El viaje es uno de los elementos que aparecen recurrentemente en la cinematografía del 68, especialmente entre Francia e Italia con el uso de las road movies, como podemos ver en filmes tales como Cocktail Molotov (Diane Kurys, 1980), Después de mayo (Olivier Assayas, 2012), El viento de la noche (Philippe Garrel, 1999) o en la miniserie cinematográfica La mejor juventud (Marco Tullio Giordana, 2003). Considero que la generación que logró una Europa sin fronteras, consciente o no de la influencia consuetudinaria de la ruptura sesentayochista, esa generación que pasó de defender el maoísmo y la revolución a ocupar los principales puestos jerárquicos de la Unión Europea, continúa siendo el principal garante de la libertad de movimientos transfronteriza. Pero el relevo generacional está cerca y, en mi opinión, no debemos dejar que los principios que sostienen este importantísimo logro democrático caigan en el olvido.

Referencias:

[1] Europa Press (8 de marzo de 2021). La Comisión Europea pide a Bélgica que levante el cierre de fronteras que considera desproporcionado. [Consultado el día 10 de marzo de 2021: La Comisión Europea pide a Bélgica que levante el cierre de fronteras que considera desproporcionado (europapress.es)]

[2]Parlamento Europeo. Eurobarómetro: Future of Europe survey. [Consultado el día 11 de marzo de 2021:Future of Europe (europa.eu)]

[3][5]Eric Hobsbawm. Historia del siglo XX. Buenos Aires: Argentina, Crítica, 1998.

[4] María Sosa Troya (19 de abril de 2014). “La Unión Europea es un enano maniatado por los Gobiernos”. [Consultado el día 9 de marzo de 2021: “La Unión Europea es un enano maniatado por los Gobiernos” | Internacional | EL PAÍS (elpais.com)

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